Recibo por wasap numerosos mensajes estas dos últimas semanas. Todos son similares, muy parecidos, cambian las personas, los lugares, las circunstancias, pero guardan, en esencia, una similitud que aterra.
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Quizá es que habíamos puesto demasiadas expectativas en 2021 y su inicio, vapuleado sin decoro, nos deja otra vez sin aliento, al borde del colapso mental y con la ironía y el cinismo campando a sus anchas por las superficies nevadas de nuestras montañas próximas, colapsando los medios informativos.
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La responsabilidad de las últimas veces. Esta firma de hoy es la última, la última del año, de este año 2020 que nos ha agitado y agrietado por dentro como individuos y como sociedad, que nos ha arrasado emocional y sentimentalmente, que nos ha puesto en una situación límite como nunca imagináramos.
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Ya hemos debatido en cónclave familiar las agrupaciones mínimas y máximas que nos deparan para estas próximas fiestas de Navidad, hemos buscado una fórmula mixta para que ninguna de las partes se sienta en soledad excesiva y lograr mantener raya el virus dentro de las limitaciones impuestas por la prudencia y el distanciamiento social. Es un gesto de gran contención familiar porque por lo general somos ruidosos y expansivos y excesivos en nuestras muestras de afecto colectivas.
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El pensamiento granítico, monolítico, clama cada vez más alto, a voz en cuello, la cara sonrojada y la vena yugular henchida, dientes apretados, rabia incontenida.
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Ayer, sufrí una revelación. Mi trabajo de periodista me llevó hasta Álora. En lo más alto de la torre de su castillo, la huerta del Guadalhorce a mis pies, las brumas sorteando las montañas de Alhaurín El Grande, el cristo de Pizarra como vigilante enhiesto, el sol de invierno, bravío. Sufrí una revelación que me llevó a recordar una gratísima experiencia laboral.
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Los datos son demoledores, aterradores. Es un cieno, un lodazal acumulado. Aquí no hay ambigüedad posible, no se permiten las equidistancias, las tibiezas. No cabe mirar hacia otro lado, jugar al equívoco provocado, a la confusión interesada. Todo eso son vilezas. No. No resulta tolerable bajo el peso de tanto dolor, de tanto terror, de tanto odio. Es una injusticia de proporciones monumentales. Va más allá de lo ética y moralmente tolerable.
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Faltan apenas cinco minutos para que se cumplan las diez de la noche y a la ciudad le entra prisa por encerrarse, guarecerse de la sanción y del temor, del miedo, enclaustrase para el mundo y seguir con la vida puertas adentro de las casas.
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Y no sabemos aún el cómo ni el cuándo, apenas sabemos el por qué, lo que si vamos sabiendo con el paso de los días es el cuánto.
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Y contábamos hasta 12, alborozados, y cuando terminaron las campanadas busqué a Daniela para abrazarla fuerte, fuerte, a Antonia con la mirada y sonreírle por la promesa de un nuevo año que venía. Después, la fiesta con todos sus avíos, toda la patulea de cante y de baile hasta que los más jóvenes hicieron mutis por el foro, los más pequeños quedaron arrasados por el sueño y los mayores nos debatíamos en recoger algo, poco, y las últimas copas de agradecimiento por vivir, llegar, a un nuevo año más.
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