El lunes pasado abandoné Bilbao cinco minutos antes de que confinaran Euskadi y sus municipios. Era un viaje familiar programado. Pese a todo, me sentí como el protagonista de la ficción protagonizada por Brad Pitt, Guerra Mundial Z, al abandonar aquellos puertos seguros que se veían desbordados por un ataque pandémico más devastador aún que el Covid 19. Y esta sensación de alivio que me eché al coleto tras conocer la noticia y con la garantía de que el avión que me traería de vuelta a Málaga y Marbella despegaba me llevó a una reflexión sobre la prudencia y el miedo.
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Y aparecía su nombre escrito en el interior de una diana, en el portal de su casa, en su lugar de trabajo, en las paredes de su calle, en el colegio de sus hijos. Su nombre escrito dentro de una diana. Y aquello era presagio de muerte, augurio de sangres, el preludio del dolor. Era la Euskadi de ETA, de su imposición, de su vocabulario dictatorial, de su comportamiento tiránico y brutal.
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Hace apenas un mes, en este mismo foro, escribía un artículo que titulaba “Echarse al monte”, una suerte de recuerdo y de presente en el que procuraba mostrar el amor por el contacto con la naturaleza y las sensaciones, emociones, que esta te devuelve cuando eres capaz de disfrutarla hasta sus tuétanos, dejándote llevar por su ritmo, por sus querencias, por su tempo, tan lento, tan pausado como las estaciones, el viento o la meteorología dicten.
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Durante el confinamiento, la familia nuclear de tres que componemos Antonia, Daniela y un servidor adquirimos la costumbre, una vez al día, de cedernos, de manera recíproca y consensuada, espacio y tiempo y dedicar una hora a nuestras cosas, ocios, asuetos varios, procurando no interrumpir esta burbuja personal excepto por una necesidad perentoria de querencias.
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“Con estupor y temblores”, así es como el emperador del Sol Naciente exigía que sus súbditos se presentaran ante él. Y además, título de una magnífica novela de Amelie Nothomb publicada en Anagrama.
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Hace un par de meses, cuando salíamos del confinamiento (el estado de alarma terminó el 21 de junio), una buena amiga corregía tozudamente las glosas e informaciones oficiales que se empeñaban en llamar a la fase en la que nos tocaba zambullirnos como “nueva normalidad”.
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Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua sobre la expresión “Echarse al monte”, lo siquiente: “Ponerse fuera de la ley en partida insurrecta o en bandolerismo”. Algo de insurrección tiene en esta ciudad que lleva hasta grabado en el nombre su querencia por el mar, Marbella, mirar a la montaña como punto de escapismo, fuga, ausencia de sí mismo y contacto con la naturaleza, más o menos domeñada, pero naturaleza al fin y al cabo.
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Volvemos al cole, y esta figura, primera persona del plural, no es baladí, porque cuando un hijo, nieta, sobrino vuelve al cole, volvemos todos y todas. Más aún este año, preñado de incertidumbres, cuando el latido del covid 19 parece acaparar todos los primeros temores y hace más acuciante un tránsito que se dilata seis meses, el momento en el que hubimos de confinarnos para salvaguardar nuestra salud.
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Y pude comprobar cómo las sombras se alargaban hasta fundirse con el ocaso, cómo se mimetizaban los cuerpos con el último atardecer, cómo las olas se dejaban caer en el rebalaje con esa parsimonia propia de la noche tibia.
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En este verano de incertidumbres aún permanecen intactas algunas certezas que nos permiten creer al asirnos a ellas que el mundo aún continúa girando con la normalidad de antaño, un mundo prepandémico donde el abrazo y el beso y la caricia aún no eran proscritos y las querencias formaban parte de nuestra vida esencial, del latido de cariños que nos permite seguir viviendo.
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